viernes, 5 de abril de 2019

¿Morará Dios en nuestra tierra?

 
 
 
  No sé cuándo ha sido la última vez en que te has sentido sobrecogido por la belleza y el misterio de una iglesia o, tal vez, por la callada hermosura de una diminuta ermita de pueblo. Ciertamente, no se puede describir lo que uno siente.
Traigamos a la memoria la preciosa oración de Salomón mientras la nube llenaba la Casa de Yahvé: ¿En verdad morará Dios en esta tierra? Los cielos y los cielos de los cielos, no son capaces de contenerte. ¡Cuánto menos en este templo que yo te he edificado! Pero, a pesar de todo, Señor, ten tus ojos abiertos noche y día sobre este lugar cuando oremos aquí. (II Crón.6)
En nuestro mundo, el templo cristiano viene a ser como un pequeño destello de lo que será la ciudad definitiva, el santuario celestial de la gloria sempiterna. Peregrinamos al Templo que es Jesucristo, porque nuestro Dios habita en medio de nosotros con la plenitud de su divinidad. Como piedras vivas que somos, ya participamos en la construcción de este edificio sagrado que, en sus cuatro dimensiones, tiene forma de Cruz.
¿Habitará Dios en esta tierra nuestra, tan herida, socavada por la injusticia, lacerada de tristezas y lágrimas?
Desde que María acogiera la encarnación del Hijo de Dios en su seno, Jesucristo sigue siendo el Templo perfecto de Dios. Los Evangelios señalan que, cuando el Hijo murió en la Cruz, el velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos mitades. Al resucitar, este Templo divino será reedificado en la noche del Exultet.
 

sábado, 9 de marzo de 2019

Domus Aurea (II)


En verdad que el grandioso templo que Salomón mandó edificar debía de ser asombroso. Su padre, el rey David, había ido guardando  bronce, piedras preciosas, madera, mármol y hierro, además de tres mil talentos de oro y siete mil de refinada plata. Grandiosas piedras fundamentaron todo el edificio que se iba construyendo en el Monte Moria o Monte Sión. Artesonados de madera de cedro, paredes hermosísimas que resplandecían con el fulgor del oro, ese oro que, por escasear en Palestina, fue importado de Ofir, famosa por la calidad de su oro, su plata, marfil y el mágico sándalo. Incluso nos asombra cuando se dice que, hasta el mismo suelo, se hallaba revestido con planchas doradas. Por todo esto, no resulta chocante que, con toda propiedad, el Templo de Jerusalén  sea también llamado Casa de Oro.
El oro es el más preciado de los metales, siempre mantiene viva su belleza, no se oxida, es brillantísimo y, desde antiguo, base en la acuñación de las monedas. Bien sabemos que las riquezas de las naciones se siguen midiendo por el oro que poseen. Este, el más noble de los metales, representa la abundancia y la dignidad. A pesar del paso del tiempo, el oro permanece inalterable, como lo perfecto, como lo eterno.
María es oro por su esplendorosa belleza, humildad y sabiduría. La Madre brilla para nosotros y nos ilumina el camino entre las tinieblas del mundo.
El oro también significa permanencia. Ella es refugio constante para todo el género humano, atalaya que avisa y protege a los que navegamos en este proceloso mar de la vida. Porque, aunque fue preservada del pecado original, no quedó exenta de atravesar la noche de la fe y de sufrir  la espada del dolor que, con tanta elegancia, aceptó como Corredentora.
Por eso y por mucho más: ¡Domus Aurea, ora pro nobis!
 

jueves, 7 de febrero de 2019

Domus Aurea (I)

 
 
 
Sucedió en una noche del verano del año 64 de nuestra era. Roma estaba ardiendo mientras Nerón acusaba de ello a los cristianos. En la zona destruida por las llamas, el perverso emperador construyó después su nueva residencia, la llamada Domus Aurea, de gran extensión, con hermosos jardines, su propio bosque y hasta un lago artificial. Sus sucesores quisieron borrar la memoria de Nerón y, para ello, abrieron al público la zona verde y sobre el lago construyeron el Coliseo. Mucho más tarde, ya en la época del Renacimiento, se puso al descubierto la gigantesca obra del emperador: paredes revestidas del mejor y más lujoso mármol, con techos y cúpulas de oro, filigranas de marfil y cantidad de piedras preciosas.
En las Letanías Lauretanas se nos ofrecen 150 títulos para honrar a la Madre de Dios. Las Letanías del Rosario, no son sino alabanzas o piropos que regalamos a María. Entre estos elogios está el de Domus Aurea (Casa de Oro o Casa Dorada).
Como la Ciudad Santa de la que nos habla el Apocalipsis, María fue revestida con el oro puro de su hermosura sobrenatural. Domus - Templo, Ella es la Casa que ya estaba prevista desde antes de la creación para que el Hijo de Dios tomara carne humana.
María es Casa de Dios, Morada del Altísimo. María es el Palacio de Oro del gran Rey.
Ella, como excelsa cooperadora en la obra de la encarnación del Verbo, es fortaleza, refugio, cobijo, descanso y casa. La palabra Casa - Domus, es citada más de dos mil veces en la Biblia.
Construido por el rey Salomón alrededor del año 960 antes de Cristo, el Templo de Jerusalén representaba la magnificencia del culto. En su altar de oro se quemaba el incienso. María, con su contemplación, se ha convertido para todos en incienso perfumado. Como el Arca de la Alianza en el lugar del Santo de los Santos, la Madre se nos muestra como el Trono de la Gracia, lugar del encuentro, al que siempre podemos acudir confiadamente.


lunes, 7 de enero de 2019

Seguir, a pesar de todo


 
 
 
 
Cada día salimos a la vida para recomenzar, subiendo la cuesta, tal vez, inevitable como la gran prueba de nuestra fragilidad. Es el camino de lo cotidiano, la cuesta arriba, desafiante ante nuestra pequeñez.
Muchas veces nos encontramos al borde del abismo, son nuestras frustraciones, nuestros desencantos, miedos y cobardías, cuando ya no se puede más. Las zozobras interiores son esas piedras que nos hacen tropezar y que también forman parte del camino.
Y, de repente, aparece lo inesperado, la sorpresa que nos anima a seguir caminando la existencia: por aquellos a quienes amamos volveremos a empezar.
La condición humana, el destino, la aventura de la vida es así. Pero seguir, seguir siempre y, a pesar de todo, conservar la ilusión frente a un cielo sin límites.
 
 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Todo menos el olvido

 

A la memoria de todos los que se nos han marchado, a todos los que la muerte nos ha arrebatado.
A todos aquellos que siguen viviendo en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. En el fondo de los recuerdos permanecen sus nombres y sus amados rostros. Para todos nuestros seres queridos, presencias invisibles, pero reales.
Recordando el último abrazo, la última mirada. Sólo queda el amor que hemos dado y recibido, todas las veces que hemos ofrecido y recibido un: ¡te quiero tanto!
Y es que, afortunadamente, nunca dejamos de ser humanos y nos aferramos a ese manojo de recuerdos tan nuestros. Su partida, inevitable, nos sigue doliendo como una quemadura y nos tragamos las lágrimas con el alma hecho jirones en el torbellino de la vida. Y parece que nos sentimos como extraños en el caos del universo, cuando la muerte se ha colado en nuestra casa, sin pedirnos permiso, acaso un insignificante parecer, por decir algo, por considerar que somos importantes para ese alguien. Porque esas cicatrices nunca se borran.
Sólo queda recordar intensamente, agradecer cada minuto compartido y fundirse, como un amante, en un abrazo estremecido y eterno.
Menos mal que aún nos queda la esperanza de recobrarlos más allá del espacio y del tiempo.
Allí, en ese banquete tan espléndido del Vino Nuevo en el Reino de los Cielos. Allí, estate seguro, se nos dará todo, todo menos el olvido.
 
 
 

jueves, 11 de octubre de 2018

Sus ojos




               Tus ojos, como las piscinas de Hesebón  (Cantar de los Cantares)

Muchas veces nos hemos preguntado cómo serán los ojos de la Virgen María, los de Ella, que estaban destinados a contemplar al propio Dios.
Los ojos de María, todo lo que Ella mira, todo aquello que reflejan y esconden sus pupilas, se nos antoja como uno de los mayores misterios.
Sus ojos son piscinas, estanques para saciar la sed de infinito, fuentes para beber.
En los ojos de María queremos refrigerar todas nuestras ansias de amar y ser amados. Esos ojos de María que son capaces de purificar la sombra de nuestra ignorancia y descubrir en Ella las verdades más profundas de los abismos de la divinidad.
Los ojos de María son las puertas de la Ciudad de Dios, lugar que soñamos feliz, refugio para los pecadores y amor sin medida.
¿Qué será poder contemplar los ojos de su alma?
 
 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Al mar a través de los rios



Fray Juan, un joven dominico, pidió a santo Tomás de Aquino algunas normas para poder adentrarse en el anchuroso mar de la sabiduría. He aquí las palabras del maestro:
 
No te lances de repente al mar, sino procura entrar por él a través de los ríos, pues conviene llegar a las cosas más arduas a través de aquellas que son más fáciles.
Ama con verdadera pasión el retiro y la soledad si quieres penetrar en los arcanos de la ciencia.
Sé afable con todos y no juzgues interiormente las acciones de los demás, ama la pureza de conciencia y huye, sobre todas las cosas, de la disipación.
Haz por entender todas las cosas que lees u oyes, sin reparar en quien lo dijo. Cerciórate en las dudas y esfuérzate por retener en el armario de la mente todo lo que puedas, a manera de aquél que aspira a llenar un vaso. No investigues aquello que está por encima de tu alcance.
Si cumples estas normas, serás como una cepa frondosa y cargada de exquisitos frutos en la viña del Señor, así alcanzarás lo que tanto deseas.
 
Después de ocho siglos siguen vigentes estos consejos salidos de la rica interioridad de santo Tomás. En esta sociedad sin Dios, sin valores, sin modelos de referencia, qué bien nos viene recordar sus palabras.